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Sam y Lux

Publicado: 28/10/2010 en Perros, Relatos
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Sam Evans, un negro ciego y muy viejo, llegó a Deauville hace varias décadas. Procedía de un pequeño pueblo de Luisiana y vino para trabajar como bracero de temporada, pero decidió quedarse. Con el tiempo logró crearse una fama de hombre serio y responsable que hizo que la gente le encargara toda clase de pequeños trabajos con los que iba sobreviviendo.

En 1958 perdió la vista en un accidente y desde entonces pasa los días sentado en una mecedora junto a Lux, su fiel perro.

Nadie ha logrado descubrir como Sam es capaz de reconocer a los que se aproximan por el camino de grava. Es posible que todos tengamos una forma inconfundible de pisar que sea tan reconocible para un ciego como lo son las facciones de un rostro para quienes podemos ver.

Nunca quiso mendigar, por lo que después del accidente tuvo que inventarse un oficio digno para el que hay que tener, según él mismo dice, temple de artista. Instaló su mesa de trabajo junto a la puerta de la tienda de la gasolinera de Rick, una mesa algo destartalada que cubre sus carencias con un mantel descolorido sobre el que coloca una Biblia encuadernada en cuero negro ya desgastado y un cestillo. Junto a ambas cosas un cartón blanco en el que se lee:

SAM EVANS. MEMORIZADOR DE LA PALABRA DEL SEÑOR

Duerme en un cobertizo adosado al garaje de Rick, en la parte trasera de la gasolinera, por el que paga un ínfimo alquiler; utiliza los lavabos de la estación de servicio para asearse y su horario sigue una pauta que no ha cambiado en todo éste tiempo: trabaja de sol a sol. Ha desarrollado un método infalible de trabajo: cuando los clientes llegan a repostar se encuentran con un cartel que les indica que el combustible se paga en la tienda por adelantado. En el momento que el recién llegado se dispone a cruzar el umbral Sam se levanta y alargando el brazo le pone la Biblia delante de su cara al mismo tiempo que le apremia a que la abra por cualquier página al azar. Ante tan absurda situación casi nadie rechaza el ofrecimiento. Conmina al cliente a que le diga capítulo y versículo de la página abierta e inmediatamente declama con voz grave todo el pasaje. Y nunca falla. La correspondencia es absoluta, palabra por palabra. Cuando le devuelven el libro pocos tienen la mezquindad de no dejar unas monedas en el cestillo.

Su perro, Lux, permanece impasible, indiferente, durante todo el proceso. De edad indefinida, pero avanzada, Sam le dice a quien le pregunta que ya no le queda mucho tiempo y tendrá que llevarlo pronto al veterinario. Lux siempre vuelve la cabeza hacia su amo cuando le oye decir esto.

— Lo siento Lux. Estas cosas tienen su momento y hay que estar atento a la señal. Cuando el sufrimiento pesa más que lo demás es que estamos empezando a vivir más de los que nos corresponde y eso no está bien, aunque la gente se empeñe en no aceptarlo.

Cualquiera que hoy visite el surtidor de Rick se encontrará con una gruesa y oxidada cadena de que cuelga un cartel que informa:

ESTACIÓN CERRADA

Las puertas y ventanas de la tienda están selladas con planchas de madera, el cobertizo no guarda ningún rastro de su presencia y en el pequeño huerto al otro lado de la alambrada, entre las hierbas secas, puede verse una piedra gris con la inscripción:

1958-1973

Et Lux perpetua

Sam se había hecho con el animal cuando perdió la vista. El perro había sido durante todos estos años la luz de que carecían sus ojos y su concepción bíblica de la existencia le llevó a darle ese nombre.

La nueva gasolinera de Deauville hizo que la gente dejara de ir al viejo surtidor de Rick. En poco tiempo se convirtieron en dos sombras solitarias. Sam tomó la decisión de llevar a Lux al veterinario diciendo que ya estaba demasiado viejo; se empeño en seguir viviendo en el cobertizo y Rick dejó de trabajar aunque continuó yendo a la gasolinera de vez en cuando para llevarle comida y ropa limpia; se ofreció a pagarle a Sam una habitación en el pueblo pero su orgullo no se lo permitía. Una mañana de domingo, cuando Rick llegó se extraño de que Sam no estaba en la puerta, al entrar en el cobertizo se lo encontró tumbado, muerto, en el jergón sobre el que dormía. El médico que lo examinó no dio con una causa concreta, dijo que murió de forma natural, de viejo, sin sufrir.