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En el post anterior ponía un par de buenas y viejas canciones que me traen a la memoria escenas muy vívidas de una época adolescente y sus transgresiones que vistas desde ahora no son más que un juego inocente y hasta cursi. Pero eso le suele sucederle a cualquier hecho cuando un montón de años lo transitan.

El domingo 8 de febrero de 1970 fue un día soleado, tal como muestran las fotos. La pandilla lo aprovechó para salir antes de la prevista reunión, que aquella tarde sería en casa de Justo, e ir a hacerse unas fotografías. Se pertrecharon con sus mejores galas domingueras y quedaron a eso de las cuatro de la tarde, antes de que el sol comenzara su declive invernal.

Dirigieron sus pasos al otro lado de las vías del Suburbano, zona todavía, al menos gran parte de ella, de campo y caminos que mucha gente utilizaba para sus paseos dominicales siempre que el tiempo lo permitiera. Ese día contaban con la presencia de Paloma, prima de Mª Jesús, y su amiga, de la que no puedo recordar su nombre nombre. Paloma no era fija en las reuniones de la pandilla, sólo cuando su familia visitaba a sus parientes, pero su presencia era muy bien recibida por los chicos porque, además de aceptar de buena gana los juegos que se proponían, tenía una gran reputación en cuanto a su  práctica.

Falta en las fotos una de las chicas más tímidas del grupo pero una de las más cotizadas por su juvenil belleza, por su forma de vestir algo más atrevida e informal que el resto y por el embriagador aroma que desprendía el perfume que utilizaba que, sobre todo, se apreciaba cuando al bailar la atraías hasta rozar su cuello con los labios, Emma era su nombre y vivía a unos pocos portales del de dos de los miembros masculinos de la pandilla. Emma llegó como amiga de la otra Mª Jesús (a la que, malévolamente, llamaban “la gorda” para diferenciarla de la otra, aspecto que se aclara viendo las fotografías).

Para deshacer la homonimia me referiré a ellas como Mª Jesús y Mª Jesús G pidiéndole disculpas en el improbable caso de que alguna vez se tope con este escrito que sólo pretende sacar a la luz recuerdos remotos antes de que puedan desaparecer más aun de lo que ya lo han hecho. Han transcurrido 41 años desde aquel domingo, todos los que estamos en las fotos sobrepasamos holgadamente el medio siglo, poco después cada uno emprendió caminos separados perdiendo todo contacto. No sé que habrá sido de los que aparecemos excepto de Justo,  al que vi en alguna ocasión mucho después y del que me llegaba alguna noticia por vivir su familia y la mía en el mismo bloque. También supe que pocos años después Antonio “El rizos” murió en un accidente de tráfico. De los demás lo ignoro todo.

Continuando con las chicas, las triunfadoras indiscutibles eran Mª Jesús y Nieves. La primera sobre todo por su simpatía y por su alegría siempre a flor de piel que transmitía sólo con su presencia. Nieves porque era de un porte impresionante, a esa edad su cuerpo ya adelantaba lo que seguramente habrá sido después, que desconozco pero imagino. Mª Jesús G era también una chica simpática pero nuestra juvenil falta de tacto era incapaz de disimular que era la menos solicitada cuando las luces se apagaban, y eso que daba los besos con lengua, algo que a algunos les producía cierto repelús.

Los chicos de la pandilla éramos ni más ni menos que los que aquí aparecemos. Por supuesto había más amigos o conocidos, íbamos a otras reuniones o guateques, cada uno por su parte conocía a otros, pero las reuniones más “íntimas” eran las de este grupo.

Antonio “El bailarín” quizás fuera el menos asiduo debido a su actividad, pues a pesar de su juventud ya bailaba o era alumno en el al ballet del famoso Antonio El Bailarín.  Antonio “El rizos” tocaba la guitarra, tenía un hermano músico y era el encargado de aportar el tocadiscos y la mayor parte de los discos para las reuniones. Manolo era un hábil y gran autodidacta para la guitarra y el laúd, aprendía de oído con gran facilidad. Justo era el rubio y guapo que se las llevaba a todas de calle, por eso y por su gran facilidad de palabra. Y el 5º era yo, del que no tengo nada que contar.

Una de aquellas reuniones se podría resumir así: Solíamos quedar, sobre las 5 de la tarde, en la calle o directamente en la casa en la que se celebraba. Intentábamos que cada ver fuera en casa de uno pero eso casi nunca era posible, por lo que la mayoría eran en casa de Justo ya que sus padres no le ponían impedimento. Su familia estaba en la casa, sus padres sus dos hermanas y su hermano ocupaban el salón y nosotros íbamos a una pequeña habitación. Alguna veces ocupábamos mi casa, en la que había menos gente, sólo mis padres, los cuales incluso se iban de paseo. Raramente, por no decir nunca, utilizamos las casas de los demás. Una vez allí disponíamos de refrescos, patatas fritas y frutos secos que comprábamos poniendo algo de dinero cada uno y comenzaba a sonar la música, de todo un poco, canciones de la época, movidas, bailables, para ir entrando poco a poco en ambiente.  En cuanto empezaba a anochecer y hacía falta encender la luz de la habitación las canciones más lentas iban predominando y poco a poco iniciábamos un juego que surgió espontáneamente, al menos no recuerdo que fuera algo premeditado que se nos ocurriese a ninguno, sólo apareció y todos nos apuntamos a jugarlo. Como siempre solía haber más elementos masculinos que femeninos, el que sobraba ponía las canciones y sugería lo que los demás debían ir haciendo mientras bailaban con la luz, por supuesto, apagada.

–        Beso en la frente

–        Acariciar el cuello

–        Besos en la cara

–        Ahora la chica le acaricia la oreja con los labios

Y así iba aumentando gradualmente el tono erótico de las órdenes del  “disc jockey” hasta llegar al beso en la boca y por último al “hacer lo que queráis”, cosa que, naturalmente, todos los que estaban bailando ya habían empezado a hacer sin necesidad de sugerencias. Al sonar la pieza siguiente era otro el que se quedaba sin bailar, y así, democráticamente, íbamos rotando tanto en la tarea de poner la música como en el cambio de pareja. Al final, cuando dos se establecían como pareja las posibilidades de cambio para los demás disminuían.

En ocasiones el encargado de poner la música se acercaba, a oscuras, a una de las parejas que bailaba en ese momento y sustituía al chico, el cual, a su vez, sustituía a otro de otra pareja y así sucesivamente. Véase que la promiscuidad era elevada. Incluso te podías dirigir a una pareja de la que no sabías quien era la chica hasta que ya estabas con ella.

Esto solía terminar sobre las 9 de la noche o poco más. Las chicas no podían llegar muy tarde a sus casas. Los chicos solíamos ir a tomar una caña y una de bravas al bar “El Acueducto”, dónde comentábamos los acontecimientos de la tarde y las incidencias de todo tipo, que las había.

Ahora, pensando en todo aquello, me doy cuenta de que me gustaría saber de todos ellos. Estaría bien ver como son en la actualidad, como han transcurrido sus vidas, qué han sido, qué han hecho, saber si han sido felices y si tienen memoria de aquella adolescencia. Sí, estaría bien pero es muy improbable. Actualmente, gracias Internet y a las Redes sociales es posible contactar con personas a las que has perdido la pista muchos años atrás, pero en éste caso ni eso es posible ya que desconozco los apellidos de todos, excepto el de Justo.

Sam y Lux

Publicado: 28/10/2010 en Perros, Relatos
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Sam Evans, un negro ciego y muy viejo, llegó a Deauville hace varias décadas. Procedía de un pequeño pueblo de Luisiana y vino para trabajar como bracero de temporada, pero decidió quedarse. Con el tiempo logró crearse una fama de hombre serio y responsable que hizo que la gente le encargara toda clase de pequeños trabajos con los que iba sobreviviendo.

En 1958 perdió la vista en un accidente y desde entonces pasa los días sentado en una mecedora junto a Lux, su fiel perro.

Nadie ha logrado descubrir como Sam es capaz de reconocer a los que se aproximan por el camino de grava. Es posible que todos tengamos una forma inconfundible de pisar que sea tan reconocible para un ciego como lo son las facciones de un rostro para quienes podemos ver.

Nunca quiso mendigar, por lo que después del accidente tuvo que inventarse un oficio digno para el que hay que tener, según él mismo dice, temple de artista. Instaló su mesa de trabajo junto a la puerta de la tienda de la gasolinera de Rick, una mesa algo destartalada que cubre sus carencias con un mantel descolorido sobre el que coloca una Biblia encuadernada en cuero negro ya desgastado y un cestillo. Junto a ambas cosas un cartón blanco en el que se lee:

SAM EVANS. MEMORIZADOR DE LA PALABRA DEL SEÑOR

Duerme en un cobertizo adosado al garaje de Rick, en la parte trasera de la gasolinera, por el que paga un ínfimo alquiler; utiliza los lavabos de la estación de servicio para asearse y su horario sigue una pauta que no ha cambiado en todo éste tiempo: trabaja de sol a sol. Ha desarrollado un método infalible de trabajo: cuando los clientes llegan a repostar se encuentran con un cartel que les indica que el combustible se paga en la tienda por adelantado. En el momento que el recién llegado se dispone a cruzar el umbral Sam se levanta y alargando el brazo le pone la Biblia delante de su cara al mismo tiempo que le apremia a que la abra por cualquier página al azar. Ante tan absurda situación casi nadie rechaza el ofrecimiento. Conmina al cliente a que le diga capítulo y versículo de la página abierta e inmediatamente declama con voz grave todo el pasaje. Y nunca falla. La correspondencia es absoluta, palabra por palabra. Cuando le devuelven el libro pocos tienen la mezquindad de no dejar unas monedas en el cestillo.

Su perro, Lux, permanece impasible, indiferente, durante todo el proceso. De edad indefinida, pero avanzada, Sam le dice a quien le pregunta que ya no le queda mucho tiempo y tendrá que llevarlo pronto al veterinario. Lux siempre vuelve la cabeza hacia su amo cuando le oye decir esto.

— Lo siento Lux. Estas cosas tienen su momento y hay que estar atento a la señal. Cuando el sufrimiento pesa más que lo demás es que estamos empezando a vivir más de los que nos corresponde y eso no está bien, aunque la gente se empeñe en no aceptarlo.

Cualquiera que hoy visite el surtidor de Rick se encontrará con una gruesa y oxidada cadena de que cuelga un cartel que informa:

ESTACIÓN CERRADA

Las puertas y ventanas de la tienda están selladas con planchas de madera, el cobertizo no guarda ningún rastro de su presencia y en el pequeño huerto al otro lado de la alambrada, entre las hierbas secas, puede verse una piedra gris con la inscripción:

1958-1973

Et Lux perpetua

Sam se había hecho con el animal cuando perdió la vista. El perro había sido durante todos estos años la luz de que carecían sus ojos y su concepción bíblica de la existencia le llevó a darle ese nombre.

La nueva gasolinera de Deauville hizo que la gente dejara de ir al viejo surtidor de Rick. En poco tiempo se convirtieron en dos sombras solitarias. Sam tomó la decisión de llevar a Lux al veterinario diciendo que ya estaba demasiado viejo; se empeño en seguir viviendo en el cobertizo y Rick dejó de trabajar aunque continuó yendo a la gasolinera de vez en cuando para llevarle comida y ropa limpia; se ofreció a pagarle a Sam una habitación en el pueblo pero su orgullo no se lo permitía. Una mañana de domingo, cuando Rick llegó se extraño de que Sam no estaba en la puerta, al entrar en el cobertizo se lo encontró tumbado, muerto, en el jergón sobre el que dormía. El médico que lo examinó no dio con una causa concreta, dijo que murió de forma natural, de viejo, sin sufrir.