Posts etiquetados ‘“Mi madre”’

El viaje en el tren cercanías desde Pozuelo de Alarcón a la Estación del Norte de Madrid tenía una duración de unos veinte minutos. En ese tiempo, todos lo que viajábamos rumbo al Colegio, cométiamos mil tropelías que conseguían molestar y enfadar a los otros viajeros,  hacer que llamaran al revisor, o que se fueran a otro vagón más tranquilo dejándonos solos con nuestras barbaridades. De Pozuelo éramos 5 ó 6, pero tambien venían otros procedentes de Majadahonda, Las Rozas, La Navata y algún otro pueblo cercano a la Sierra.

Los primeros años, hacia 1964, mi madre me recogía en la estación. Ella trabajaba ahí, en las oficinas de RENFE y ese fue posiblemente el motivo de elegir el Colegio de la calle Cadarso. La proximidad le permitía tenerme cerca cuando iba y cuando volvía, de forma que mis visitas a su oficina eran relativamente frecuentes. Muchos de sus compañeros me conocían y me trataban con familiaridad e incluso con cariño. Yo recuerdo a algunos de ellos aunque haya ovidado más de un nombre, cosa que no ha sucedido con uno pelirrojo, con  bigotito, gafas y algo cargado de hombros, Polo era su apellido, que salía de la oficina y siempre regresaba con algunos libros que había comprado no sé muy bien dónde. Le gustaba picarme diciéndome que tenía más libros que yo, cosa cierta porque yo no tenía ninguno salvo los propios del colegio, y a mi eso me fue calando, me llamaba mucho la atención que presumiera conmigo de su biblioteca que nunca vi ni supe si era realmente grande o no. Mi madre también me decía que era un hombre muy culto que leía mucho y que raro era el día que no compraba algún libro. Yo, desde entonces, he tenido la idea de que fue él quien me aficionó a los libros, quien despertó mi interés por hacer mi biblioteca, hasta el punto de conseguir de mi padre que me ensamblara  una pequeña estantería de dos baldas en la que puse lo poco que tuve en aquellos años, libros que aún conservo y que de vez en cuando me gusta hojear. En algún momento pasarán a tener su propia entrada en este blog.

De esa oficina tengo unos cuantos recuerdos que posiblemente difieran algo de la realidad pero se mantienen fijos a lo largo de los años, por lo que, aunque vagos, seguro que se le aproximan. Uno de ellos es el del diccionario al que dedico esta entrada. Estaba en el cajón de su mesa, junto a otras cosas que también recuerdo como las cajas de las cintas de la máquina de escribir, cajas que una vez vacías me traía para jugar y en las que yo guardaba pequeños objetos. También solía tener en el cajón una caja de caramelos de violeta y de vez en cuando se echaba uno a la boca, otras veces era una juanola. Y el diccionario ocupaba su espacio con su cubierta roja que ya recuerdo ajada, y sus hojas sueltas que mi madre mantenía unidas con una goma. Lo usaba con frecuencia ya que le gustaba conocer el significado de las palabras que leía.

Ahora no sé cuando me hice con él, si antes o después de su muerte. No recuerdo si me lo dió o yo lo recuperé de la casa cuando falleció, pero lleva años en el mueble de los libros “viejos” y hace unos días, al cogerlo para hojearlo vi la nota manuscrita que hay en su portada dando cuenta de la fecha en la que se lo regalaron y “ya estaba usado”. Fue en 1932. En Málaga.